Ayrton Senna en foco

10 AÑOS SIN SENNA
por Alfredo Parga/LaNacion.com
Buenos Aires (AR), 04 Mar 2004

El 1° de mayo se cumplirá una década de la muerte del fenomenal piloto brasileño en Ímola; angustia por un caso injusto.

La muerte viene de lejos. Lleva diez años. Y nada. Seguramente, los que recordamos aquello somos menos, cada vez. Pero no importa.

¿El dolor? Yo le diría que más que dolor, la de siempre, la de hoy, la de ahora es una angustia por la injusticia que plantea su caso. Porque muchos de los que en esto resuelven, piensan que después de todo murió un hombre. Un hombre.

¿Cuántos hombres mueren hoy en el mundo? No quiero pensarlo para no cuantificar mi angustia hasta lo imposible. Cuando me parece que mi cuenta no está bien hecha, aparecen referencias impostergables que me dicen sin decírmelo, que no todos los hombres somos iguales. Y él - Ayrton Senna da Silva - no tenía igual. Y obcecado repito que todos no tenemos el mismo valor. Muchos de nosotros, casi todos, pasamos por el mundo y no queda ni siquiera la sombra de nuestro nombre.

Y regreso a él. A su primer día de mayo de 1994, cuando iba a golpear contra un muro de cemento, estampándose en la indiferente mezcla gris que el tiempo vuelve como el acero, rebotando. Eso tras explotar sordamente en el circuito de la tierra romañola que parecía querer incorporarlo a uno de sus mejores cuentos. Iba primero. ¿Podía ser de otro modo? Hasta que llegaba el feroz golpe. ¿Qué fue? ¿Un problema técnico, una deficiencia del piso, una pieza extraña invadiendo el paisaje, desacomodándolo? ¿Un error? ¿De quién, ese error?

Debemos ser cada vez menos de los que recordamos. Y recordamos todo lo que sigue. Primero, el proyectil azul deformado, como sostenido por la rueda delantera derecha, todavía. Y lo demás desprendido. Y un multicolor enajenado de banderilleros que corre hacia la figura inmóvil del coche azul. El casco amarillo volteando hacia su derecha. Una inmovilidad desarticulada que ya tiene su silencio cubriéndose con la lluvia del polvo de la tierra y los pedazos de carrocería que le suman tiempo a ese silencio inútil y definitivo. Todo junto con la primera mentira repetida para que todo siguiera como si tal cosa.

Y después, el juego de las oficinas, un ejército de indiferentes ordenanzas. Y toneladas de carpetas. El sensacionalismo acumulando cada día una nueva flor de engaño. No importan sus nombres.

En Bolonia, en 1997 fueron absueltos ciertos personajes de homicidio no premeditado. Hubo apelación porque la infamia burda se disfrazaba de grotesca. Y después de un forcejeo de otros dos nuevos años que se agotaron con humillaciones, nuevas mentiras y otros cuentos, la apelación rechazaba el veredicto confirmado.

De cuando en cuando, él vuelve. Lo trae la gente que sabe que ese hombre, que no era un hombre cualquiera, tiene el privilegio de saber que para muchos de nosotros, que cada vez somos menos, su tumba parece abierta.

Ayrton Senna seguirá en agonía hasta que una sociedad más justa reacomode definitivamente la situación, diga lo que se está esperando oír y aquel desarticulado cuerpo definitivamente recupere la paz que todavía hoy no conoce.

La muerte viene de lejos. Lleva diez años. Y nada. Ahora, hasta se busca abandonar el circuito maldito. Otra forma solapada de borrar lo que pudiera sobrevivir como evidencia para que el olvido golpee de nuevo. Y no.

Él y los que cada vez somos menos recordando, continuamos persiguiendo su descanso. Lo alcanzaremos.