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MICHELE ALBORETO
por Maximiliano Catania/FUNO!
Buenos Aires (AR), 23 Jul 2005
Se trata de un humilde recuerdo, un justo homenaje a aquellos hombres que, habiendo prestado servicios a la categoría reina, siguieron aliados al vértigo y dieron su vida sobre los vectores de su pasión o conduciendo un auto - como quieran llamarle -, ya sea en una pugna de velocidad o en algún camino recóndito del planeta. Nos ocuparemos hoy de Michele Alboreto.
¿Qué más le restaba por ganar a Michele? ¿Si además de los títulos en su Patria, cinco victorias y un subcampeonato de F1 con la afamada Rossa, hasta las 24 Horas de Le Mans 1997 y el mismísimo reconocimiento de los tifosi eran de su propiedad? Todo por ese carisma y espíritu deportivo que se convirtieran en su estampa...
Sin embargo, Michele sentía que podía más. Tanta experiencia serviría para más laureles, en Le Mans, otra vez. Y Alboreto se arengaba, porque el Audi R8 era de fiar, sobre todo en un escenario tan favorable como el galo para la fábrica de los Cuatro Anillos.
Alguna vez Tazio Nuvolari - palabras mayores -, cuando Auto Union en los '30, había llevado a los bólidos argénteos a innumerables éxitos, combinando vanguardia tecnológica con talento humano sin límites. Ahora, Alboreto era el elegido para repetir la historia, ya consagrado en el automovilismo mundial.
Y llegó el 25 de abril de 2001. Aquel día de entrenamientos privados en Lausitzring (Alemania), Michele salió a pista con las mismas ganas que - cuando por placer - no dudaba en engrasarse las manos en la Fórmula Monza; épocas en que su tesón merecía apenas unas pequeñas líneas de las gacetillas automovilísticas de Italia, pues todas las portadas se entregaban vagamente al culebrón de Lauda y Ferrari...
Esperando volver a sentir esa adrenalina brotada entre los casinos de Nevada al ganar su primer GP de F1 en 1982, Alboreto abandonaba el cuadro principal del circuito germano en una maniobra exigida, culpa de uno de sus neumáticos. De esa última recorrida suya no hay muchos testigos, aunque puede aseverarse que hasta instancias finales el tesón suyo podía controlar la potencia trepidante de la máquina a disposición.
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