Minardi en foco

GIAN CARLO MINARDI
por Maximiliano Catania/FUNO
Buenos Aires (AR), 15 Ene 2006

El esfuerzo personificado. El hidalgo Commendatore. Artífice de hazañas, creador de talentos que ha coceado en la máxima, soportando las desavenencias de un contexto multimillonario. Perfil de este hombre.

Nunca lo negó: la necesidad de sobrevivir en un mundo donde el papel moneda es imperioso, le ha hecho transitar por alianzas con patrocinadores o contratos con pilotos dispuestos a ayudar ad hoc. Todo esto ha abierto las aguas del periodismo especializado: unos (como el italiano Pino Allievi) le defienden, reconociéndole sus sacrificios; otros le han desplazado a la picota, como Inquisidores, portadores de una demagoga doctrina, "porque el dinero es el opio de la F1" y frases por el estilo.

¿Quién más que Gian Carlo Minardi sabe de los arrojos personales que debió emprender para mantener su aventura en la categoría reina?

Desde siempre (1985), el hidalgo Commendatore, L'altro ("El otro") Enzo Ferrari confesó a su sombra la intención - casi basamental - de que sus monopostos auriazules estuviesen a disposición de italianos como él, en un acto de por sí patriótico: Gian Carlo se convirtió - ya en sus tiempos en la F2 - en un creador de talentos connacionales, una cantera de grandes piloti, como a la sazón Alessandro Nannini o Pierluigi Martini y ahora Giancarlo Fisichella o Jarno Trulli, entre otros.

Conforme la insolvencia financiera pasaba a ser un habitante de la casa de Faenza, todo lo que pudiera lograr el equipo iría tomando el tinte de una hazaña. Sin ser grandilocuentes - por supuesto -, porque "hazaña" es un hecho heroico, y ha sido heroico convivir con otros teams que han ridiculizado su presupuesto, y aun así alcanzar prestaciones sobrenaturales, merced al factor humano que siempre es diferencial.

¿Alguien puede juzgar a este hombre por intentar seguir en lo que ha amado? Difícilmente. Porque pese a todo lo que de él se ha dicho, muchos debieron callarse o retractarse tácitamente.

Aun cuando sus chasis abandonaran las tonalidades fundacionales por el verde lima de Telefónica de España (2000) o la paleta ecléctica de Paul Stoddart (2001-2005), y sean los conductores suyos de todas las nacionalidades menos de la Península, Minardi siempre tendrá motivos sobrados para sentirse orgulloso. Pues su padre habría de estar encantado con sus desarrollos. Porque quienes alguna vez trabajaron con él le manifiestan incansablemente las gracias. Gracias por ser un luchador.